martes, 28 de junio de 2016

Brexit


Unos meses luego de que yo llegara a Inglaterra, a fines de 2014, hubo un referéndum en Escocia para decidir si los escoceses seguían siendo parte del Reino Unido o no. Recuerdo que mi tutora me dijo ‘La votación va a ser peleada, pero van a terminar quedándose’. Su respuesta fue la misma cuando le pregunté por la salida del Reino Unido de la Unión Europea (el famoso Brexit). Me quedé tranquila, si no falló la otra vez tampoco puede fallar esta, pensé.

Not another play about War

Entrevista a Lola Arias en Latino Life

jueves, 10 de diciembre de 2015

2008


En el 2003 yo todavía estaba en la secundaria. Tenía 16 años y ya para esa época me había sometido a varias humillaciones públicas, una por defender al comunismo que mis amigos impugnaban, otra por sostener en una asamblea del colegio que quizás la crisis del 2001 no tenía como culpable solamente en De la Rúa. Si lo pienso ahora, seguro que repetía un poco de oído lo que decían mis viejos.
En 2006 empecé la facultad, veníamos de dos años plenos de kirchnerismo, pero esa palabra -kirchnerismo- no estaba todavía de moda. Empecé a militar en una agrupación independiente, un poco a imagen y semejanza de aquellas que habían fundado Kicillof en económicas y Recalde en derecho, conglomerados de chicos (en su mayoría egresados del buenos aires y del pellegrini) que no encontraban lugar en ningún partido. De esta casta social, nos fuimos como 30 de viaje a Cuba en el verano del 2006 al 2007. Los cubanos pensaban que Kirchner era todo un revolucionario, y los chicos militantes les respondíamos que no, que había cosas que estaban bien, pero que todo estaba lejos de la revolución en la Argentina. Me acuerdo que una de nosotras tuvo un affaire con uno de derecho que tiraba más a kirchnerista, “estuve con un peronista”, contó, como si se tratara de un exotismo.
En la agrupación independiente (enActo) todo era maravilloso, si hiciéramos un background familiar de sus integrantes, veníamos de la izquierda, de la derecha, del radicalismo, del “peronismo sensible”, como lo llamaba un amigo, pero no nos importaba para nada; se trataba sobre todo de competirle a los troscos, que habían hecho de la política algo horrible y completamente cerrado, excluyente y elitista. Nos fue bastante bien, aunque yo no me ahorré la angustia de que la gente me considerara de derecha (ahora, debo decir, me resbala). Es que se trataba de Filosofía y Letras, un amigo peronista (ahora kirchnerista, seguramente) de derecho que nos había venido a apoyar nos dijo “este es otro mundo”.  Pero seguimos adelante y yo aprendí a bancarme un poco más los insultos, que es un poco aprender a hacer política. Veníamos bien, pero en 2008 nos sorprendió algo inédito, algo que marcó el fin de nuestro grupo, pero también de amistades muy profundas. El conflicto del campo marcó el fin de la socialdemocracia kirchnerista, en la que todos vivíamos bajo el paraguas de sentirnos libres de decir “está bien este gobierno, pero no tanto”. Nunca antes nos habíamos quedado hasta las tres de la mañana mirando una sesión en el Senado, fue en ese segundo que las aguas se dividieron para siempre, entre los que se alegraron y los que se entristecieron. En la agrupación produjimos nuestro último documento, en un esfuerzo encomiable, pero fútil en definitiva, era el intento por encontrar posiciones comunes. Se llamaba, el artículo, “De Vacas y Tambores”. Pese a todo, lo difundimos con bastante convicción, pero no logramos evitar que fuera el último documento que firmáramos como enActo. Es curioso porque si me pongo a revisar las historias de otros grupos, 2008 es el fin de muchos de ellos, la revista Punto de Vista, por ejemplo, y también el Club de Cultura Socialista, que son ahora mi objeto de estudio.
Me acuerdo que por esa época fui a una reunión de trabajo, alguien sacó el tema del campo y preguntó a los que estábamos ahí qué pensábamos. Sentí por primera vez que si quería surfear la ola tenía que matizar mis palabras. No es que quisiera mentir, pero me sentí en territorio minado. Dije que me parecía que el conflicto había tomado dimensiones más grandes de las que debería haber tenido; me miraron con desconfianza, era obvio que no estaba del lado del gobierno. Uno de mis mejores amigos, del grupo de peronistas sensibles, se fue a estudiar afuera; un día me dijo que quería estar en Argentina para vivir lo que estaba pasando en el país, yo no lo podía entender, ya para esa época habíamos dejado de comunicarnos como antes.
Creo que el día en que murió Néstor más amigos se sumaron al llanto colectivo que no compartí de la misma manera. Era 2010 y ya habían pasado los dos primeros años de intensidad que se extenderían por mucho tiempo más. Me acuerdo de tener que justificarme otra vez: “obviamente que no me alegra que se haya muerto, pero tampoco es como si fuera un familiar”. Todavía se podía ser un poco opositor sin ser gorila, de hecho, varios amigos que no se animaban del todo adoptaban directamente la fórmula sabatellista de “kirchnerismo crítico”, muy en boga en esos días.
Yo diría que ya en los últimos años la intensidad se fue, directamente, al carajo. Como ya no se podía decir (más o menos sensatamente) que Cristina daba buenos discursos, se decía que era linda, que “no leía”, que incluso se trataba de un proyecto y no de Cristina. Empecé a recibir acusaciones de anti patria (ya la de “sos gorila” me resbalaba también), de que no me definía, de que era tibia o que intelectualizaba mucho. O la fórmula genial de “te pregunto porque me parece que sos una mina inteligente…”, como si fuera un “sos casi inteligente, te falta bancar el proyecto”. ¡Qué halago, compañeros!
Muchos dicen que vivieron 12 años felices, yo creo que todo empezó, en realidad, en 2008, que esos 12 años fueron 7. Buenísimo que pudieran creer, pero yo no creí, y no me voy a quejar ni a decir que la pasé mal. Los viví como lo que conté acá. Y tuve momentos de mierda y momentos buenísimos pero, realmente, no tuvieron nada que ver con la política argentina.

domingo, 9 de noviembre de 2014

1983


Hace dos meses empecé un doctorado en la Universidad de Warwick, en el Reino Unido. Me vine porque me otorgaron una beca, pero también porque tenía un proyecto que, de una manera fragmentada pero coherente, vengo armando hace un tiempo y que empezó con una entrevista que le hice con Diego García a Beatriz Sarlo hace dos años, cuyo objetivo era dilucidar algunas cuestiones relacionadas con la revista Punto de Vista.
Uno de los temas que surgió en ese encuentro fue el de la figura de Alfonsín, “fue alguien capaz de hacer dos cosas que no nos imaginábamos -nos dijo Sarlo- ganarle al peronismo y enjuiciar a los militares” (idea que robé sin citar acá, me disculpo). Creo que esa respuesta surgió de una pregunta que le hizo Diego, quien es radical y con quien compartí mis iniciales años de militancia estudiantil. Diego fue y sigue siendo un gran maestro para mí, recuerdo nítidamente muchas de las cosas que me dijo, pero recuerdo especialmente una que en su momento me dejó perpleja: “mis viejos me hicieron creer que Alfonsín era Fidel Castro”. La manera en que estaba formulada esa oración dejaba entrever que Alfonsín no se parecía en nada a Fidel Castro, pero que al mismo tiempo, por alguna razón, se podía asociar al líder cubano.
La idea quedó dando vueltas en mi cabeza, Alfonsín era para mí alguien completamente desconocido, sabía tan sólo que no había sido tan malo como Menem, pero que había habido algo trágico en su gobierno, había escuchado en la adolescencia las frases “la casa está en orden” y “con la democracia se come, se cura y se educa”, sin saber del todo a qué se referían. Sabía también que mi mamá nunca le perdonó a mi papá haberla convencido de votar a Luder, con todo lo antiperonista que es mi mamá y, podría decirse, con todo lo antiperonista que es mi papá también. Paradójicamente, terminé acompañando a mis papás al velorio de Alfonsín en 2009, algo que no quise contar a muchos de mis amigos que en ese momento estaban viviendo un pleno fervor kirchnerista, convencidos de que la lucha contra el campo, Clarín y las corporaciones requería una fuerte toma de posición.
Se empezaba a formar otra imagen del ex presidente en mi cabeza, leí entonces el discurso de Parque Norte y mi investigación sobre Punto de Vista me llevó a leer trabajos sobre el Grupo Esmeralda, me llamó la atención la fascinación que tenía Alfonsín por los intelectuales. Pensé entonces que en la década del ochenta había pasado algo muy singular en la Argentina y que tal vez valía la pena indagar un poco más en las ideas que permearon las mentes de esa época. Armé mi proyecto sobre intelectuales en la transición democrática sin saber bien qué iba a hacer con eso, pero convencida de que iba a encontrar su lugar eventualmente. Una mezcla de suerte, esfuerzos personales y cierta pasión por el tema que había elegido determinaron que recibiera el 9 de mayo un email en el que quedaba claro que me estaban ofreciendo, como la tituló Diego, “una beca conicet de Europa”.
Antes de pisar tierras británicas, visité a mi abuela en Barcelona y aproveché esos días de vacaciones para leer un libro que había dejado por la mitad y que tanto Diego como otro amigo, Agustín Cosovschi, me habían recomendado fervientemente: Anatomía de un instante, un libro basado en ese momento teatral en que Adolfo Suárez, primer presidente electo de la democracia española post franquista, se mantiene erguido en su escaño cuando el coronel Tejero irrumpe en el recinto del parlamento para declarar un golpe de estado que resultaría fallido. Ese gesto de valentía, de “jugarse el tipo”, era un gesto heroico, un gesto simbólico de los que hacen la diferencia, no de los que son simbólicos gratuitamente.
De repente, me pareció que la transición española y la transición argentina eran diferentes, pero que también tenían muchas cosas en común. ¿O no había tenido que enfrentar Alfonsín también la presión, repetidas veces, de unos militares dispuestos a quebrar, una vez más, el régimen constitucional? Es más, Alfonsín, a diferencia de Suárez, había prometido que iba a enjuiciar a los militares y así lo hizo, Alfonsín era una figura mucho más impoluta que Suárez, pero que al mismo tiempo había tenido la fuerza y el carisma suficiente para hacer esas dos cosas impensables en la Argentina y para negociar y doblegarse cuando las circunstancias lo requirieron. Algunos gestos de genuflexión me parecen, hoy en día y a la distancia, mucho más heroicos que los gestos grandilocuentes.
Hoy escuché por primera vez un discurso entero de Alfonsín y entendí que 1983 fue un año en que todo parecía posible en Argentina, pero sobre todo parecía posible el sueño de la socialdemocracia, que no es sólo el sueño de la república, también es el sueño de la justicia social, de la tolerancia ideológica, del parlamentarismo. En ese momento pareció posible que un líder político pudiera convivir con la idea de que el estado estaba antes que el gobierno, y de que la sociedad entera estaba antes que el estado y no al revés.

Conozco el desenlace trágico de esa historia (¿qué ilusión utópica no termina en tragedia?), pero sin embargo, no puedo dejar de admirar algo de ese momento. Toda utopía revolucionaria inspira cierto entusiasmo, ninguna utopía revolucionaria puede llevarse a cabo por completo, pero siempre algo de ella persiste. Soy alfonsinista por adopción.