jueves, 2 de marzo de 2017

Humor, 1980

Ya en los ochenta Marta Minujín era criticada por snob, a lo que ella responde que snob es quien no tiene personalidad y que a ella, al contrario, le sobra. Había realizado el obelisco de pan dulce y tenía como proyecto hacer en París una torre Eiffel acostada hecha de baguettes; en Nueva York, una estatua de la libertad acostada y en Buenos Aires, una pelota gigante de salchichas que sería pateada por Maradona y Fillol. Pero Marta Minujín había ganado prestigio, sobre todo, por la Menesunda, la instalación-happening que había sido primero expuesta en el Instituto Di Tella en 1965. En la entrevista con la revista Humor en 1980, ella decía que si hay algo que diferenciaba el estado del arte del momento con respecto al de los sesenta es que ahora, en los ochenta, el arte era mucho más elitista.
La persona que conozco que más sabe de arte dice que Marta Minujín no es tan genial como ella dice que es, pero que sin duda tiene grandes méritos. Que fue a Francia con 20 años y supo rodearse de la Nouvelle réalité, el movimiento más célebre de la Francia de los sesenta; que fue amiga de Dalí y de Andy Warhol y que el pop que hizo Minujín fue importante. Quizás nunca como en los sesentas de Marta haya habido en Buenos Aires una actividad artística tan vibrante y tan pública. Guido Di Tella, miembro fundador del centro que explica -sino totalmente, al menos en gran parte- tal vibración artística dijo: “Hicimos impresionismo cuando este había terminado en Europa; hicimos cubismo un par de décadas más tarde, pero hicimos arte geométrico poco después y algunos dicen que un poco antes que en Europa; informalismo dos o tres años después y el movimiento pop dos o tres horas después.”


Yo no sé cuál es el pop de hoy, ni si lo hay, ni si se hace en Argentina. Tampoco sé si Marta sigue siendo parte de lo nuevo o si, hoy en día, lo nuevo es tan importante como en otras épocas. Y por supuesto que habrá otros artistas argentinos que merecen más o igual reconocimiento, pero la oda al pop que es esta entrevista merece ser recordada.






sábado, 7 de enero de 2017

Piglia escritor


Cuando leí a Piglia por primera vez no lo entendí. Tenía 17 años y la profesora de literatura del colegio nos había hecho leer Respiración Artificial, una novela que -después descubriría- fue mucho más comentada que leída. De su escritura solo recordaba que un mismo párrafo podía contener varias voces pero ningún signo que marcara el cambio de narrador, lo que requería un esfuerzo de concentración en la lectura. Quizás por esto mismo esa manera de escribir era mi único recuerdo de Piglia (¿Sería una cita a Faulkner? Después leería en sus cuadernos que estaba obsesionado con el gran escritor estadounidense, por lo que me puse a leer The sound and the fury en inglés. Fue una batalla perdida, tampoco entendí a Faulkner, pero al menos encontré allí un antecedente temprano de esos esquivos cambios de voz).

Diez años más tarde releí esa novela que fue emblemática de la década que le siguió al año de su publicación: 1980. Fue, para mí, un sobresalto. No sólo comprendía ahora las múltiples referencias de su historia, sino que podía apreciar la manera en que estaba escrita: Piglia escribía excepcionalmente bien. Lo que yo ahora encontraba en Respiración Artificial no era esa ‘historia sobre la dictadura militar’ que la mayoría de los críticos vieron, sino la historia de Piglia y sus colegas ante la desilusión que significó la caída de las utopías en los albores de la dictadura del 76 y la de su encierro en lo que se llamó el ‘exilio interno’ en Argentina.[1] Es decir, yo no creía que esa novela describiera nada de la dictadura, sino que en ella estaban condensados los pensamientos de Piglia, sus recuerdos familiares, las nuevas ideas que adquirió en un momento en que no se podía hacer nada más que leer y pensar. Por eso la primera parte de la novela versa sobre la historia argentina, transformada en relato familiar (Piglia, que siempre quiso ser escritor y dedicó su vida a construir esa imagen de escritor, no estudió letras sino historia, justamente porque pensaba que las letras le impedirían cumplir ese destino).
De los muchísimos análisis que hay sobre Respiración Artificial, sólo el de Halperín Donghi salía al rescate de mi idea. Con expresiones difíciles pero asombrosamente sintéticas Halperín sostenía que la novela de Piglia no ofrecía claves para entender ‘el desenlace particularmente atroz de la crisis argentina’ (refiriéndose a la dictadura), sino que en ella se buscaba ‘el sentido de la experiencia de vivir ese desenlace, tal como ella es sufrida por un integrante de un grupo que se ve a sí mismo como vanguardia intelectual.’ ¿Cómo no sentirse vanguardia intelectual habiendo ganado el premio de la Casa de las Américas -que en ese momento significaba el mayor de los reconocimientos- a los 26 años? ¿O habiendo establecido una amistad personal e intelectual con David Viñas y otros contornistas? ¿O siendo uno de los editores principales de Los Libros, una de las revistas más importantes de la Argentina de los sesentas con solo 30 años? La dictadura echó por tierra esa red de intelectuales vanguardistas que luego se dispersaron por el mundo durante los años oscuros. ‘Somos como la generación del 37, perdidos en la diáspora’ se lee en una de las cartas que aparecen transcritas en Respiración Artificial, una frase que podría haber sido extraída literalmente de la correspondencia entre Piglia y su amigo José Sazbón, exiliado en Venezuela.
Leí recientemente el comienzo de Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices, la segunda entrega de los cuadernos de Piglia, editados cuidadosamente por él y tan esperados por los críticos piglianos que sabían de la existencia de los mismos. Allí, en las palabras introductorias del escritor que vuelve a los sucesos de su juventud, se lee ‘La gran incógnita, la pregunta que me acompaña estas semanas dedicadas a transcribir mis cuadernos, a dictar mis diarios y pasarlos, como se dice, en limpio, fue ver en qué momento la vida personal se cruzó o fue interceptada por la política.’ Sin embargo, más que una preocupación reciente, creo que la poética de Piglia estuvo siempre definida por esta obsesión con el cruce de la historia personal y la historia sin más. También, Piglia, cuando mejor lo hizo, escribió sobre él mismo.
Quizás deba hacer falta aquí una aclaración, hay quienes creen que todo hecho es narrable y que entonces la división entre ficción y realidad es superflua. Piglia se burlaba borgianamente de aquellos que creían en la separación de sendas categorías. García Canclini alguna vez dijo que Piglia era quien mejor ejercía, después de Borges, ‘la tarea de ficcionalizar las historias personales’ en sus entrevistas.
De modo que Piglia se nos escapa, nos expone los detalles de su vida personal, pero bajo una forma que es siempre literaria, nos introduce en su mundo bajo la opacidad de su lenguaje y de su ironía. A Piglia le encantaba lo falso, así empezó su vida literaria, al escribir hacia 1975 el cuento ‘Luba’, que le atribuyó apócrifamente a Artl. En 1981 le escribió a José Sazbón: ‘¿Me podrás creer si te digo que en la biblioteca de la Universidad de Yale aparece Luba fichado como un cuento de Arlt? La referencia remite a Nombre falso de RP y la referencia de RP Nombre falso remite a Arlt: Luba. Se trata para mí de un sueño realizado’.
[1] La interpretación de Respiración Artificial como una novela sobre la dictadura no es exclusiva de los críticos, sino más bien la interpretación más extendida. Ayer, por ejemplo, el diario El País así la describió.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Feminismo hoy, como ayer

1. Juan Terranova escribió una breve nota para la Revista Paco en la que define lo que para él es el feminismo hoy: “histeria y narcisismo contra todo el que se oponga y con una gran carga de violencia desatada.” La definición ya empieza mal, porque si Terranova realmente quisiera hacer el esfuerzo de cuestionar al feminismo, al menos se preocuparía por no incurrir en uno de los clichés machistas por excelencia: descalificar una postura tan solo atribuyéndole la cualidad de “histeria”. No vamos a centrarnos en la ofensiva combinación de texto e imágenes del artículo, el mismo Terranova confiesa que esto podría ser tendencioso, pero al parecer aceptable, ya que decide de todas maneras proseguir con su diatriba contra el feminismo. Luego Terranova acusa al feminismo de “haberse vuelto” represivo, porque según él hoy no puede ser contradecido. Por supuesto que cualquier movimiento que reclama igualdad de derechos puede ser contradecido, alguien podría perfectamente no estar de acuerdo con que las mujeres y los hombres tengan igual cantidad de días de licencia por maternidad/paternidad, o podría oponerse a la legalización o despenalización del aborto, o podría incluso oponerse al derecho de trabajar o votar de la mujer. Por supuesto que, en diferentes ámbitos y con diferentes grados de intensidad, aquel que se oponga a dichas cuestiones sufrirá algún tipo de reprobación social o no, pero en todo caso cada uno deberá correr con ese riesgo al defender lo que piensa. Ahora bien, oponerse al “feminismo” sin más, contradecirlo sin ningún tipo de explicitación acerca de sus propuestas y definiciones me parece, sino una esperable reedición de un anti-feminismo vacío al que todavía se le da bastante lugar en los medios, al menos un ejercicio de flojera intelectual.

2. En su segundo apartado Terranova enuncia su iluminadora definición sobre el feminismo como “histeria y narcisismo violentos”. Pero antes da algunas precisiones de las cuales parece estar muy seguro: “Yo digo que hoy no existe un feminismo lúcido o inteligente. Eso se acabó.” ¿Deberían sus lectores agradecerle esta espléndida noticia acerca de la muerte del feminismo lúcido? Es raro, porque yo por el contrario cada vez encuentro cada vez más iniciativas feministas -o aledañas al feminismo y a las teoría de género- interesantes. Tal vez Terranova podría visitar el blog economía feminista, o cursar el nuevo seminario sobre epistemología crítica feminista y trans en la UBA, o tal vez anoticiarse de que existe una nueva corriente de metafísica feminista en el mundo, o incluso tan solo podría mirar algunas capítulos de Broad City si le parecen muy trabajosas mis primeras propuestas. Pero Terranova se nos adelanta y nos dice que “las feministas serias hacen planteos de clase que colorean con reflexiones sobre género, o son historiadoras, o se dedican a la filosofía, o directamente no son feministas”. Me pregunto cómo será colorear un planteo de clase con reflexiones sobre género. Me pregunto de dónde saca Terranova que las feministas serias son filósofas o historiadoras que, encima, ni siquiera son del todo feministas o incluso parecería que ni siquiera saben lo que hacen. ¿Tendrían que agradecerle a Terranova las feministas por explicarles en una frase cuál es su verdadera vocación?

3. Finalmente Terranova sentencia que el feminismo tiene una capacidad nula de transformar el presente. ¿En qué se basa Terranova para sostener con tanta convicción esto? No lo sabemos. Nada más no dice que “las mujeres en la Argentina -¿por qué en Argentina? ¿Acaso Terranova acuerda mucho más con las feministas brasileñas, alemanas o iraníes?- son feministas sin condicionamientos, sin deberes, por el solo hecho de reclamar derechos que muchas veces ya poseen -¿cuáles?- por el solo hecho de compartir una vaga idea de identidad bienpensante que no demanda ni esfuerzos ni sacrificios ni, desde luego, mayor discusión.” Casi que esta última frase podría aplicarse perfectamente al anti-feminismo de Terranova, quien parece entender al feminismo como una entelequia violenta que cercena su posibilidad de expresarse. No queda claro qué espera Terranova que haga el feminismo, ¿tomar las armas? ¿organizar un ejército? ¿armar un partido y presentarse a elecciones? El feminismo es mucho más razonable que eso. Las feministas, contrariamente a lo que él piensa, dedican muchas horas de su vida a pensar, difundir y actuar en la sociedad. No es solamente expresión del feminismo una pintada que dice “comer carne es heterosexual”, que tanto aterra a Terranova. ¿Acaso nunca escuchó -en su entrañable Argentina- a una persona acusar de homosexual a otra por ser vegetariana?¿acaso no sabe Terranova que tradicionalmente el asado en Argentina lo hace el hombre y que eso es una expresión de la división de género que muchos mamamos desde muy chicos? ¿Que el hombre hace el asado y la mujer las ensaladas y que eso no se discute? El feminismo también actúa, discute y se expresa en conflictos más cotidianos sobre la igualdad de género, sea en el Encuentro Nacional de Mujeres, sea a través de las pintadas que horrorizan a Terranova (parece que le parece mucho más digno, útil y “sacrificado” denunciar eso que denunciar las groserías que diariamente las mujeres tienen que escuchar en la calle), sea cuando un(a) feminista consigue que sus amigxs, su padre o madre, sus hermamxs respeten un poco más sus reclamos, que son muchos y que están pendientes.

The Clan

miércoles, 13 de julio de 2016

MINEFIELD


de Lola Arias. Protagonizada por veteranos de la guerra de Malvinas. Junio 2016. En el Royal Court Theatre. Reseña.

martes, 28 de junio de 2016

Brexit


Unos meses luego de que yo llegara a Inglaterra, a fines de 2014, hubo un referéndum en Escocia para decidir si los escoceses seguían siendo parte del Reino Unido o no. Recuerdo que mi tutora me dijo ‘La votación va a ser peleada, pero van a terminar quedándose’. Su respuesta fue la misma cuando le pregunté por la salida del Reino Unido de la Unión Europea (el famoso Brexit). Me quedé tranquila, si no falló la otra vez tampoco puede fallar esta, pensé.

Not another play about War

Entrevista a Lola Arias en Latino Life